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Una ciudadela entre el mar y las murallas
Con su historia de corsarios y pescadores y una magnífica arquitectura, Saint-Malo asombra y seduce.
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Silvina Quintans ESPECIAL PARA CLARIN.
Habrá
que coincidir con la primera impresión de Gustave Flaubert en su libro
"Viaje por Bretaña", mientras vemos cómo a lo lejos la ciudad se dibuja
entre la bruma: "Saint-Malo, construido sobre el mar y circundado por
murallas, parece, cuando se llega, una corona de flores puesta sobre
las olas".
Para llegar hasta Saint-Malo, en la costa de Bretaña,
en Francia, tuvimos que viajar 420 kilómetros desde París hasta la
desembocadura del río Rance en el Canal de la Mancha. Sin dudas,
Saint-Malo ha ganado su fama gracias a los dos kilómetros de murallas
que la rodean, a sus playas sometidas a los vaivenes de las mareas, y a
las infinitas historias de piratas, corsarios y aventureros.
La
ciudad es hoy un apacible destino turístico tapizado por flores y
rodeado de playas en el verano, y cubierto de bruma en invierno. Pero
no siempre ha sido así. Su larga historia abunda en misterios en los
que uno no puede dejar de pensar mientras ingresa al casco amurallado
por alguna de las siete puertas que la unen con el resto del mundo.
Cuentan
que hasta mediados del siglo XVIII no alcanzaban las murallas para
custodiar las ricas calles de Saint-Malo del asedio de bandidos y
piratas. Con la última campanada de la iglesia se cerraban las puertas
de la ciudad, y una jauría era liberada por las playas para protegerla.
Los temibles animales rondaban a su antojo, hasta que una noche
arremetieron contra un oficial de bandera propia, y el gobierno local
tomó la drástica medida de envenenarlos. Pero los legendarios perros no
han desaparecido del todo, y prueba de ello son los dogos que adornan
el escudo de la ciudad, o el nombre de la Place du Guet, que hace
referencia a la antigua función de vigilancia de los perros.
Afortunadamente,
aquellos tiempos ajetreados han quedado atrás, y hoy uno puede
disfrutar de la belleza de este lugar sin correr mayores riesgos.
Para
empezar el recorrido, tal vez lo mejor sea seguir los consejos del
mismísimo Flaubert: "La vuelta de la ciudad por las murallas es uno de
los paseos más bellos que puedan hacerse. Uno se sienta en el hueco de
los cañones con los pies en el abismo. Se tiene ante sí la
desembocadura del Rance, vertiéndose como un valle entre dos verdes
colinas, y luego las costas, las rocas y por todas partes el mar".
El
paisaje no ha cambiado demasiado en el último siglo, y las murallas
siguen intactas como en los tiempos del autor de Madame Bovary. Uno
puede circundar toda la ciudad sobre ellas, pararse en las torres y
puestos de control, o bajar a las populares playas de arena amarronada
que se ensanchan o que desaparecen al ritmo de las mareas.
Precisamente,
las mareas en esta parte de la costa bretona son toda una curiosidad:
en cuestión de horas pueden ocultar o descubrir kilómetros de playas.
Llegar entonces al islote del Grand Bé -apenas unos metros más allá de
la muralla-, donde está enterrado el escritor nativo François-René de
Chateaubriand, puede ser una simple caminata por la playa Bon Secours,
o un paseo en bote según los caprichos de la marea.
Un corsario con estatua
Luego
de recorrer las murallas, es hora de seguir los carteles que indican
"intra muros" y dar un paseo por el interior de la parte antigua. Uno
no puede menos que sorprenderse cuando descubre que, detrás de la
espesa muralla, las casas no lucen el pintoresco estilo bretón que se
esperaría, sino que están construidas en sólido granito rematado con
techos de pizarra.
El parecido con la arquitectura parisina no
es, en este caso, pura coincidencia. Durante los siglos XVII y XVIII,
Saint-Malo fue el puerto más importante de Francia y sus armadores
amasaron fortunas que les permitieron construir ostentosas casas de
granito de varios pisos.
De aquellos buenos viejos tiempos se
conservan pocas construcciones, ya que la ciudad fue bombardeada en la
Segunda Guerra Mundial y más del 80 por ciento de los edificios
debieron ser reconstruidos.
Sin embargo, la reconstrucción fue
tan minuciosa, que en nuestro paseo nos resulta imposible distinguir
los edificios nuevos de los antiguos.
Aquí abundan las historias
sobre los tiempos de gloria, sobre todo en los nombres de las calles
que evocan a hombres como Gouin-de-Beauchesne, primer marino de esta
región que cruzó el Cabo de Hornos.
También uno puede
encontrarse a la vuelta de la esquina con la orgullosa estatua del
corsario Robert Surcouf -héroe local que derrotó a los eternos enemigos
ingleses-, que con sugestivo gesto apunta al horizonte.
Los malouins están tan orgullosos de su identidad que no olvidan su pasado de importantes armadores, corsarios y pescadores.
Terranova.
Desde aquí partió Jacques Cartier para conquistar las costas de Canadá
en 1534, y también desde este puerto salió el famoso corsario Dugay
Trouin en 1711, cuando tomó las costas de Río de Janeiro con sólo siete
navíos.
Pero de todas estas historias, tal vez la más curiosa
para un argentino sea aquella que une el gentilicio "malouins" que se
aplica a los habitantes de Saint-Malo, con las Islas Malvinas. Sucede
que los marinos de la "ciudad corsaria" llegaron a las Malvinas en el
siglo XVIII, y, aunque sólo se quedaron durante un breve período,
terminaron bautizándolas.
Continuemos con nuestro paseo, esta vez, poniendo la mira sobre glorias más recientes.
Bello y exclusivo
Saint-Malo
se ha convertido en uno de los destinos turísticos más bellos y
exclusivos de la costa bretona, y para muestra, basta con detenerse en
los coquetos negocios de antigüedades. O bien, en los restaurantes y en
las creperías, que durante el verano plantan sus sombrillas sobre el
empedrado y sirven exquisitos frutos de mar.
El centro es
pequeño y los negocios exhiben la típica moda bretona. No importa de
qué prenda de vestir se trate, seguro presenta finas rayas
horizontales, como corresponde a un pueblo de marineros.
Desde
que atravesamos la muralla y cruzamos la Gran Puerta -aquel arco
medieval enorme e imponente-, nos fuimos encontrando con
características arquitectónicas que dan cuenta del antiguo problema de
la limitación de espacio. Es por eso que las casas cuentan con varios
pisos, siempre con dos elementos invariables: la piedra grisácea en las
paredes y los techos negros.
El estilo es armónico y, lejos de
resultar monótono, le aporta un aire señorial a la ciudad. Porque el
trazado de las calles lleva a perderse en placenteras caminatas y a
descubrir las áreas más turísticas de la zona "intra muros".
Ya
habrá tiempo de pasear por la Catedral de Saint-Vincent y de visitar el
Gran Acuario. No nos olvidamos, claro está, de la tumba de
Chateaubriand, del Castillo, del Fuerte y del Museo Jacques Cartier.
Además,
a 50 kilómetros de la ciudad se encuentran otros destinos que merecen
una visita. El más conocido es Mont Saint-Michel, una maravillosa isla
rocosa con su histórica Abadía. Otras opciones son Cancale y Dinard,
ideales para conocer y disfrutar de verdaderos pueblos de pescadores
(ver Imperdibles).
Por el momento, sin embargo, aprovecharemos
la marea baja en Saint-Malo y bajaremos a las mismas playas sobre las
que se tejieron historias de dogos, corsarios, viajeros y poetas. |
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